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Amplía Alemania hasta 2050 la vida útil de sus centrales nucleares

El ministro alemán de Medio Ambiente, Norbert Röttgen, defendía un aplazamiento de 20 años del cierre de las plantas nucleares (hasta 2042), pero el Ejecutivo parece dispuesto a ampliarlo 28 años (hasta 2050), según informaron los diarios Handelsblatt y Süddeutsche Zeitung.
Ambos medios coincidieron en que el ministro de Medio Ambiente habría accedido a esa nueva prolongación por las presiones de sus colegas de Relaciones Exteriores, Ronald Pofalla; y Economía, Rainer Brüderle.
La coalición de la canciller Angela Merkel, integrada por la Unión Cristianodemócrata (CDU), su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) y el Partido Liberal (FDP), ya habían avanzado, al firmar su alianza de gobierno, su propósito de postergar el apagón nuclear, aunque sin definir los nuevos plazos.
De acuerdo al calendario aprobado en 2000 por el Gobierno socialdemócrata-verde del entonces canciller Gerhard Schröder, las plantas atómicas irían desconectándose progresivamente hasta el adiós definitivo en 2022, en que cerraría el último reactor.
Las filas de Merkel han insistido en que no se abrirán nuevas centrales, pero se permitirá que sigan en funcionamiento las más seguras entre las existentes. Actualmente quedan en funcionamiento 17 plantas atómicas en todo el país.
¿Por qué esa preocupación alemana? Hay motivos sólidos.
La energía nuclear es la más barata.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) y la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE (AEN) así lo confirman en su último estudio anual sobre los costes de la generación energética. La de las centrales nucleares es la vía más barata de producir electricidad, subraya el estudio, que, no obstante, matiza que las centrales térmicas de carbón o de gas y los parques eólicos son mecanismos también competitivos.
“Ninguna tecnología de producción de electricidad puede pretender ser la menos cara en todas las situaciones”, subrayan ambos organismos internacionales. La competitividad de unas y otras tecnologías -y la idoneidad de su uso en cada momento- depende de los costes de financiación, de los precios de las materias primas y las emisiones de carbono, y de la normativa de política energética en cada país.
Pero con todos los matices incluidos, en cualquier caso, con los criterios fijados por el estudio -que por primera vez incluye un coste de US$ 30 por la emisión de cada tonelada de dióxido de carbono (CO2)- la electricidad nuclear es la más barata en las tres regiones analizadas (Norteamérica, Europa y Asia-Pacífico).
En Norteamérica la nuclear supone un poco menos de US$ 50 por megavatio, frente a los algo más de 60 dólares de media de las instalaciones eólicas, de los algo más de US$ 70 (también de media) para las centrales térmicas de carbón y de los poco más de US$ 80 de las térmicas de gas.
En Asia-Pacífico la nuclear es todavía más barata, con menos de US$ 35 por megavatio, comparados con los algo más de US$ 60 del carbón, los casi US$ 70 de la eólica y los alrededor de US$ 85 del gas. La atómica representa en Europa, por su parte, unos US$ 60 de media por megavatio, frente a los US$ 80 del carbón, los US$ 90 del gas y los US$ 120 de la eólica terrestre.
Esos resultados “varían enormemente de un país a otro, incluido dentro de la misma zona geográfica”, advierten los autores del documento, que también señalan “una cierta incertidumbre”. Incertidumbre por los precios futuros de las materias primas y del dióxido de carbono (CO2), los costos de financiación actuales y futuros para levantar infraestructuras que sólo se rentabilizan en varias décadas, los costos de construcción, los de desmantelamiento y almacenamiento de residuos (sobre todo en la energía nuclear) y los precios de venta de la electricidad.
Por eso, la principal conclusión de la AIE y de la AEN es que “las centrales nucleares, de carbón, de gas y, cuando las condiciones locales son favorables las hidroeléctricas y eólicas, constituyen tecnologías relativamente competitivas para la producción de electricidad de base”. Las otras energías renovables, en cambio, “se encuentran por ahora al margen de esta horquilla, aunque se esperan reducciones de costes significativas con su desarrollo, en particular para la solar fotovoltaica de carga intermedia”, añaden los dos organismos dependientes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Estas cifras resultan del examen de los costes de 190 centrales de 21 países, esencialmente de la OCDE, pero también de algunas grandes potencias emergentes (China, Brasil, Sudáfrica y Rusia). No tienen en cuenta los costes externos generados por su funcionamiento -el impacto medioambiental o la seguridad en el aprovisionamiento, pero tampoco el problema del problema de los residuos radiactivos- más allá de los citados US$ 30 fijados como precio de la tonelada de CO2 en el mercado de intercambio de emisiones. Tampoco engloban los referidos al transporte ni de distribución de la electricidad.

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