La Asociación de Profesionales de la Comisión Nacional de Energía Atómica y la Actividad Nuclear (APCNEAN-CTA) celebró el 60º Aniversario de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), emitiendo un documento en el que pone de relieve la importancia estratégica del sector en un proyecto nacional.
“Año 2010: la celebración del 60º aniversario de la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica -el 31 de mayo- se enmarca este año en los festejos del bicentenario del primer gobierno patrio y el inicio del proceso de independencia de la Nación Argentina.
La coincidencia de ambas fechas tan significativas para los argentinos nos ha llevado, casi obligadamente, a visualizar, aunque sea a grandes rasgos, el desarrollo de la tecnología nuclear en el país, en perspectiva con el desarrollo nacional. Pasear la mirada por algunos hechos ocurridos durante esos doscientos años y ver en qué momento de la evolución nacional empezaron a tener lugar las actividades nucleares nos permite apreciar en su verdadera magnitud los logros obtenidos y poner en relieve lo meritorio de haber conseguido un nivel de excelencia en el mundo.
Doscientos años pueden parecer muchos en términos de vida humana, pero en términos de vida de un país, es un tiempo muy breve. Y ese espacio de tiempo se acorta aún más si hablamos de identidad nacional, porque en realidad, en mayo de 1810, no comenzamos a ser un país, ni siquiera a llamarnos argentinos. Pasaron 50 años hasta que se logró la unificación del país y se oficializó la denominación “República Argentina”.
En el transcurso del primer medio siglo que duró esa etapa de organización nacional, la vida de la población distaba de ser confortable. En 1810, la iluminación artificial consistía en velas, lámparas alimentadas con aceite y petróleo, o simplemente candiles de latón con sebo, y la potencia motriz era suministrada generalmente por personas o animales de tracción. No había agua corriente ni cloacas. Pasaba el aguatero o se iba a buscar agua al río, donde también se lavaba la ropa. Las aguas servidas se arrojaban a la calle.
En el mundo, hasta inicios del siglo XIX, el estudio de los fenómenos eléctricos y magnéticos sólo había interesado a unos cuantos científicos, sin que ninguno de ellos sospechara siquiera que las aplicaciones que tendrían los resultados de sus investigaciones produciría cambios tan extraordinarios en todos los rincones del
planeta y transformaría la vida de las personas de manera tan radical. En 1879, Thomas Edison inventó la lámpara eléctrica y casi de inmediato se universalizó el uso de la electricidad.
El primer sistema de iluminación eléctrico de la Argentina que se instaló en la ciudad de Buenos Aires, en 1887, se colocó en la calle San Martín, frente a la Catedral, y era una máquina de 12 HP, con la que se suministraba energía eléctrica a un centenar de lámparas del vecindario. En la misma década, llegaron los primeros teléfonos y se construyó la primera red de agua corriente y cloacas.
En 1895, Röntgen sorprendió al mundo con los rayos x. En el lustro que restaba de ese siglo, se sucedieron el descubrimiento de la radiactividad y del electrón, la separación e identificación del polonio y el radio y se determinó la presencia de los rayos alfa, beta y gamma en la emisión de los elementos radiactivos.
Para ese entonces, Argentina contaba con unos 4.045.000 habitantes. En Buenos Aires, algunos vecinos emprendedores comenzaron a instalar pequeñas máquinas generadoras y luego fueron concentrándose en empresas medianas.
En 1898, la producción de energía en Buenos Aires era de 2,3 millones de kW/h. Al año siguiente, con la radicación de empresas extranjeras a las que se les concedió la concesión para la provisión y el control del suministro eléctrico, empezó la prestación del servicio, caracterizado por una marcada expansión. Las primeras usinas se construyeron en el área metropolitana, dejando marginado al resto del país.
Tal era el estado de la tecnología en la Argentina, a la fecha de los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.
En las décadas siguientes, fueron identificadas las partículas elementales constituyentes de los núcleos atómicos, y en 1938 los físicos Otto Hahn, Lise Meitner y Fritz Strassman dieron el paso decisivo al descubrir la fisión de los núcleos del uranio. En 1942, Enrico Fermi construyó el primer reactor nuclear.
La perspectiva de la utilización de la energía nuclear para fines pacíficos había desatado en el mundo, desde la década de 1940, muchas expectativas; una de ellas, producir energía eléctrica calentando agua con la fisión nuclear, se hizo realidad en 1956.
En la Argentina, las actividades relacionadas con la incipiente tecnología nuclear comenzaron poco después de 1945, pero se institucionalizaron y consolidaron en 1950, a partir de la creación de la Dirección Nacional de Energía Atómica, posteriormente denominada Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). La primera tarea de la CNEA consistió principalmente en formar el personal especializado: envió profesionales a capacitarse en laboratorios de Europa y EE.UU, organizó la visita de numerosos especialistas extranjeros y organizó los primeros grupos de trabajo en investigación y desarrollo.
En la ciudad de Bariloche, Provincia de Río Negro, la CNEA estableció su primer Centro Atómico. Mientras tanto, en Buenos Aires, se creó otro Centro Atómico, el de Constituyentes, donde se concentraron los trabajos de metalurgia nuclear y física e ingeniería de reactores. Asimismo, en 1954, se inauguraba el primer acelerador de partículas, que dio lugar a excelentes trabajos de física nuclear, como también a un equipo de radioquímicos, que sentó las bases de las aplicaciones de los radioisótopos en múltiples actividades.
Fuente. Argenpress
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